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La cuestión territorial
Jaime Castro. La Cuestión Territorial. Editorial Oveja Negra, Bogotá, 2002. 191 páginas.
El reconocido hombre público Jaime Castro aborda en este libro un tema que, a pesar de su urgencia, o tal vez precisamente por ello, permanece sin resolver, y es la necesidad de reestructurar territorialmente a Colombia.
Esta ha sido una vieja aspiración de quienes creemos que es necesaria una redistribución territorial de las funciones del Estado, el lograr que por fin se reconozca constitucionalmente lo que es apenas una obviedad: la existencia natural de las regiones, por identidad económica, cultural y hasta etnográfica, que a más de cien años de creados los departamentos no ha logrado sepultar.
El mundo moderno impone a los países tres niveles de organización territorial: el Estado nacional, el local o municipal, y uno intermedio, que en Colombia denominamos departamentos, pero que por razones en las que no profundizaremos aquí, no cumplen con sus funciones.
Cualquier mirada desprevenida a la organización territorial de los departamentos colombianos, encontrará que ésta división político administrativa es completamente artificial y no se corresponde con la realidad regional. Éste es un hecho notorio no sólo en departamentos extensos como Antioquia, sino también en pequeños como Caldas. En el caso de Antioquia, uno se pregunta qué tienen en común el Urabá, el bajo Cauca, el magdalena medio o el altiplano del oriente, además del hecho de que estén agrupados en la ficción que se conoce como Antioquia. En Caldas, un municipio exclusivamente ganadero como La Dorada, que es del Magdalena Medio, nada tiene que ver con los restantes, que son eminentemente cafeteros. Bástenos estos dos casos, para ejemplificar el hecho de que los Departamentos se han creado obedeciendo más a mezquinos intereses de mecánica electoral, que a consideraciones de racionalidad administrativa.
La constitución de 1991 no quiso enfrentar este espinoso asunto, y, desafortunadamente, no se percibe en el desprestigiado Congreso colombiano actual la voluntad de tomar las disposiciones legales que posibiliten a las regiones emerger, con funciones que le den vida a un "dinámico modelo de ordenamiento territorial", al decir del autor.
Las Regiones deberían ser el nivel intermedio eficiente, democrático y moderno que todos reclamamos. Por ejemplo, en el actual proceso de paz que se ha llevado a cabo con las Autodefensas, cómo se echa de menos un ente territorial con el dinamismo necesario para liderar e impulsar los planes y proyectos que permitan cambiar los imaginarios de vida de tantos seres humanos que solo han conocido la violencia como forma de relacionarse con la sociedad.
Es en este contexto que debe entenderse la importancia de textos como el que nos ocupa de Jaime Castro, personaje que ha desempeñado importantes cargos en el Estado colombiano, desde ministro hasta Alcalde de Bogotá, pasando por su frustrada aspiración de ser electo gobernador de su departamento, Boyacá, en las elecciones de 2007. Esta larga vida de servicio público le da la visión requerida para tratar con fundamento y conocimiento de causa el tema del ordenamiento territorial en su instancia intermedia.
Presenta el doctor Castro fórmulas para convertirnos en un país de regiones, reconocidas de forma oficial, sin que sea indispensable para lograrlo desaparecer forzosamente los departamentos actuales. De lo que se trata es de redistribuir las funciones y competencias de forma cuidadosa.
Mención especial merecen las Asambleas Departamentales, órgano inútil, inoperante y fuente de no pocas corruptelas, y que sólo sirven para que politiqueros en trance de jubilación vean aumentadas significativamente sus mesadas pensionales. Con toda seguridad puede afirmarse que nuestra democracia no sufriría ninguna mengua si las "dumas" departamentales fueran suprimidas, en lo cual coincido plenamente con el doctor Castro.
Propone entonces el autor la coexistencia del régimen actual, de departamentos, el cual sería reemplazado de manera gradual por uno de regiones, para que sean menores los traumatismos y haya tiempo de hacer los respectivos ajustes institucionales.
En el fondo, lo que está en la palestra es la discusión sobre el centralismo y el federalismo, regionalismo o descentralización, cualquiera sea el apellido que queramos ponerle a la reasignación territorial de las funciones del Estado.
Para el caso colombiano, puede vislumbrarse que sería mucho más aconsejable un Estado unitario, compuesto con Regiones con autonomía real, o sea, con sus respectivos estatutos, que les asigne funciones de acuerdo a sus características propias, que es, entre otras cosas, el modelo español de organización del Estado, en donde algunas regiones tienen mayor autonomía que otras, como lo ejemplifica Cataluña. Es decir que el concepto de autonomía va mucho más allá que la muy mentada descentralización, tan de capa caída en esta época de los voluntaristas consejos comunales, que tan poco contribuyen al fortalecimiento de las autoridades locales y regionales, y que más bien dan la impresión de que todos los problemas pasan por la intervención providencial de la presidencia.
Una de las propuestas más novedosas del libro, es el fortalecimiento de los pequeños municipios, llegando a conformar las llamadas modernas aldeas rurales, en donde sea posible vivir con dignidad, rescatando a los millones de colombianos que subsisten en la miseria en tantos villorrios abandonados, y previniendo de esta forma el desplazamiento masivo hacia las grandes urbes y las ciudades intermedias.
Ahora bien, para que el nuevo orden territorial propuesto sea eficaz, es necesario que vaya acompañado de la correspondiente reforma política, para "cambiar el ordenamiento institucional que reglamenta y determina la vida política de los entes territoriales". De nuevo aterra que en la actual reforma política que cursa en el Congreso admirable del 2009, estos asuntos están olvidados, y toda la energía de nuestros inefables padres de la patria están orientadas a lograr aumentos en el dinero reconocido por la reposición de votos, y a otros asuntos de menor importancia para la democracia, pero vitales para que ellos se eternicen en el poder.
En suma, de lo que se trata no es de distribuir funciones y competencias, como hasta ahora se ha hecho, sino de redistribuir el poder del Estado, fortaleciendo las regiones y localidades, para que sea posible, entre otras cosas, la reinserción real de ex combatientes de agrupaciones armadas ilegales, con "atribuciones y recursos suficientes para cumplir una gestión razonable en beneficio de los pueblos que los habiten".
El meridiano de la paz toca aspectos fundamentales de la estructura de poder del país, pero no porque su reforma sea una imposición de los grupos armados, sino porque es necesaria, no sólo para hacernos viables como sociedad, sino para prevenir futuros conflictos. Es en este sentido que debe entenderse la convocatoria que se ha hecho desde diversas instancias para una nueva Constituyente, ya que ni el gobierno ni el congreso actuales tienen la voluntad política de reformar la estructura de poder del Estado.
Éste tipo de textos promueven profundas reflexiones sobre la situación política actual del país. De ahí la importancia de su relectura.
Mauricio Jaramillo
Medellín, noviembre de 2009 |