Los países están abocados, en algún momento de su historia, a tener que mirarse a si mismos, y a tener que abrazar su pasado.- Editorial en la revista Arcadia
 
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Guerreros y campesinos, el despojo de la tierra en Colombia

 

Alejandro Reyes Posada. Guerreros y campesinos, el despojo de la tierra en Colombia. Editorial Norma, Bogotá 2009. 378 páginas.

Continuando con una serie de interesantes estudios que desde la academia se han producido en la última década en Colombia, entre los cuales cabe destacar "Las cuentas de la violencia", ya reseñado en esta página, se ha publicado en mayo de este año, "Guerreros y campesinos, el despojo de la tierra en Colombia", de Alejandro  Reyes Posada. 

El libro empieza por desvirtuar uno de los dogmas marxistas, que como tantos han quedado perdido sin remedio en los albañales de la historia, y es el de reivindicar la violencia como fuente de poder. Desde el originario "la violencia es la partera de la historia" de Marx, pasando por el maoísta "el poder viene del fusil", hasta el criollo "a violencia reaccionaria violencia revolucionaria" de los setenta, las guerrillas han proclamado que ejercen la violencia como una forma de defender los intereses populares.

No es así. Al contrario, esos intereses populares se han visto seriamente afectados por la persistencia de la lucha armada. El ejemplo más de bulto es el de la tenencia de la tierra, y una modificación sustancial a este régimen, que se supone es uno de los objetivos guerrilleros. Los grandes propietarios que se han beneficiado de las extensiones de sus fincas, arguyen que el principal problema del campo es la seguridad, cuando debería ser el tema de la tenencia, propiedad y productividad de la tierra. Como muestra de su argumento, tienen la  innegable peligrosidad de la presencia guerrillera. Paradójicamente, la guerrilla con su " violencia sistematizada impide reformar las injustas estructuras que se pretende superar y, al contrario, ofrece ventajas al crimen organizado y a todas las conductas predatorias de enriquecimiento mafioso o violento", como lo sostiene Reyes en la introducción.

Así mismo, señala que "La violencia sistematizada impide reformar las injustas estructuras que se pretende superar y, al contrario, ofrece ventajas al crimen organizado y a todas las conductas predatorias de enriquecimiento mafioso o violento". Así son los contrasentidos de esta guerra, en la que la retórica guerrillera justifica todas sus acciones en el paraguas de las luchas populares, cuando la evidencia demuestra que, al contrario, el largo e incesante ejercicio de la violencia  le ha dado a los terratenientes, verdaderos señores feudales, todos los argumentos para atravesarse  de manera institucional o no, a cualquier intento de racionalización de la tenencia de la tierra.

La obra que nos ocupa está dividida en tres partes principales, a lo largo de sus seis capítulos. En su primera parte hace una aproximación teórica entre los conflictos sociales, el poder, la violencia y los problemas agrarios.

En la segunda parte se trata la expansión periférica de las guerrillas, con su expresión en el conflicto armado en la lucha por el territorio.

La tercera parte -la más larga-  desarrolla en extenso la problemática del narcotráfico asociada a la compra de grandes propiedades, sus relaciones con las élites de poder regional, su repercusión en los conflictos sociales.

El autor, en esta tercera parte, hace un esbozo de la historia de las autodefensas, presentando dos interesantes entrevistas, primero con Fidel Castaño, muerto en 1994, y posteriormente con su hermano Carlos, muerto diez años después, en circunstancias que aún están por aclarar.  

Posteriormente, desarrolla en extenso lo que el autor denomina "el despojo de tierras por paramilitares en Colombia", para finalizar con una mención al impacto del narcotráfico en la zona de fronteras.

Volvamos brevemente sobre el tema de la violencia y los conflictos sociales. Colombia, al igual que los llamados países en desarrollo, es caldo fértil para la expresión de multitud de conflictos que pugnan por buscar representatividad, notoriedad y salidas para los grupos sociales de los cuales son expresión. Desde las reivindicaciones salariales de los trabajadores, pasando por la presión por obtener ingresos de los empleados informales, hasta llegar a las preocupaciones de una masa campesina por mejorar sus precarias condiciones de vida, y la lucha por obtener tierra. La tormenta de violencia que ha azotado al país a lo largo de su historia, ha hecho invisible estos conflictos, los ha sepultado. En definitiva, la violencia atenta directamente contra la misma democracia, al no permitir tramitar las diferencias y construir los consensos que se requieren para superar las graves inequidades sociales, las que, así no expliquen todo, sí son un caldo de cultivo permanente para la germinación de nuevos conflictos.

Sostiene Hernando Gómez Buendía que el conflicto colombiano es de perdedores, aserto que resulta valedero para la sociedad tomado en su conjunto. Sin embargo, hay unos más perdedores que otros, como en el gracejo sobre la igualdad. El caso del campesino, si entendemos como campesino al que deriva su sustento de los productos que puedan cultivarse en el campo, es absolutamente dramático. Han sido arrinconados en su propio territorio, desde el inicio mismo de la nacionalidad, en épocas de la conquista, hasta nuestros días, utilizando diversos mecanismos: la aparcería, una forma sofisticada de preservar la renta sobre las tierras sin ningún riesgo para el propietario, asumidos todos por quien cultiva la tierra, hasta llegar al moderno método de la ocupación informal, en virtud del cual el propietario deja una pequeña parcela al campesino, sin perder el dominio sobre ella, en la cual puede cultivar un día a la semana, a cambio de que el resto del tiempo faene en la gran propiedad del dueño. Estas formas de explotación arcaica que sobreviven hoy, dejan intacto el régimen de la propiedad de la tierra, que prolonga las inequidades y que impulsa, más que el conflicto armado, la inmigración de desposeídos a las ciudades grandes e intermedias, con las consiguientes demandas sobre servicios públicos, vivienda, educación, seguridad y empleo, demandas que por lo demás permanecen insatisfechas.

Lo verdaderamente dramático es que la propiedad rural continúa concentrándose en pocas manos, así se trate de los terratenientes tradicionales,  o los modernos empresarios del agro, o los emergentes, provenientes del narcotráfico. El autor lo define de manera concluyente: "El paisaje agrario ha sido transformado por el conflicto armado y el narcotráfico en la dirección de una mayor concentración de la propiedad, un acelerado desplazamiento y empobrecimiento de los pequeños campesinos, una mayor subutilización de la tierra en ganadería extensiva y una reducción de la agricultura comercial y campesina".

Muy a pesar del esfuerzo investigativo de Reyes, en donde se demuestra la concentración de la propiedad rural, exacerbada durante los últimos años al amparo del conflicto armado, lo que los colombianos seguimos preguntándonos es sobre los verdaderos beneficiarios de tanta exacción y apropiación fraudulenta, sobre quienes están detrás moviendo los hilos de este gigantesco entramado que trae la prosperidad para unos pocos, y la miseria para tantos. En la medida en que pudiéramos absolver estos interrogantes, podríamos empezar a avanzar en la estructuración de medidas realistas y aplicables para que por fin los campesinos ocupen el papel esencial que les corresponde en una nación incluyente y soberana .

 

Mauricio Jaramillo

Medellín, octubre de 2009

 
 
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