Los países están abocados, en algún momento de su historia, a tener que mirarse a si mismos, y a tener que abrazar su pasado.- Editorial en la revista Arcadia
 
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Comunidades
 

8 de febrero de 2010

Los verdaderos dueños de la democracia

Por: María Elvira Bonilla

www.elespectador.com

DE LA DEMOCRACIA SE HABLA DE manera permanente. Sirve de argumento de autoridad en las discusiones diarias, en el café y en el Congreso. Se convirtió en palabra mágica que todo lo justifica. Sin embargo, sólo el concepto es manipulable, sirve para definir los procedimientos para que se exprese la voluntad ciudadana, al ser emocional y voluble, sobre todo en estos tiempos de posmodernidad mediática en que reina el bombardeo publicitario de fotos, eslogans, cuñas, vallas, noticias televisivas y radiales para llegarle al elector, impresionándolo a la hora de escoger en las urnas.

La campaña del empresario chileno Sebastián Piñera para derrotar a Eduardo Frei, el candidato de la coalición de gobierno de la presidenta Michelle Bachelet que termina con un 80% de popularidad, le costó 9 millones de dólares, más que la de todos sus contrincantes, y al menos la tercera parte la puso de su bolsillo. El multimillonario Michael Bloomberg invirtió 100 millones de dólares suyos para asegurar su tercer período como alcalde de Nueva York. Lo propio hizo Silvio Berlusconi, el hombre más rico de Italia, con la televisión privada que controla; además, ahogó en ríos de dinero sus escándalos personales, económicos y políticos.

En Colombia la situación es bien parecida. Las chequeras privadas son protagonistas de primer orden en la brega política, superiores a los intentos de una opinión libre que termina aturdida y arrinconada por el aluvión de la costosa comunicación mediática. Sucedió con la financiación del referendo reeleccionista, cuya recolección de firmas les valió a sus generosos impulsores más de $2.000 millones, seis veces el tope legal autorizado. La relación costo-beneficio del bombardeo mediático en términos de la popularidad de un gobernante es tan favorable que el gobernador del Valle, Juan Carlos Abadía, insiste en invertir sin pudor ni vergüenza, saltándose las restricciones legales y desconociendo las críticas, recursos significativos del exiguo presupuesto departamental, para mantener su favorabilidad cercana al 80%. Igual sucede con el alcalde de Barranquilla, Alejandro Char, con periodistas para proyectar su imagen en Bogotá; aprovecha al máximo la red de emisores Olímpica, propiedad de su familia que, de paso, pregona el regreso al Senado de su padre Fuad Char, así el país no le conozca la voz. La fórmula la intentan replicar casi todos los gobernantes locales y regionales.

El valor actual de una campaña para el Senado supera los $1.500 millones y para Cámara los $800 millones. Cifras que expresan una realidad que desvirtúa el llamado ejercicio democrático al lograr que la opinión libre desaparezca en medio de la avalancha de consignas y frases que nada dicen y mucho valen. La alta inversión en estas costosas empresas económicas electorales termina recuperándose, por ejemplo, a través de la contratación pública. El ideal democrático terminó en manos de consultores de imagen que se mueven al vaivén de las encuestas y publicistas manejadores de aparatos mediáticos con mucho billete de por medio. La percepción manda. Las vapuleadas mayorías terminan atrapadas en esta telaraña ruidosa en donde las ideas poco importan y el desencanto regresa, rutinario, cada cuatro años.

 

 
 
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