Los países están abocados, en algún momento de su historia, a tener que mirarse a si mismos, y a tener que abrazar su pasado.- Editorial en la revista Arcadia
 
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Comunidades
 

9 de marzo de 2010

La paz como camino

Editorial en www.eltiempo.com

Un día como hoy, hace 20 años, los guerrilleros del Movimiento 19 de abril (M-19) firmaron en Santo Domingo (Cauca) el acuerdo de paz con el gobierno de Virgilio Barco. Dicha desmovilización, con entrega de armas y reincorporación a la vida civil, abriría el camino a otros procesos similares con organizaciones subversivas, como el EPL, el PRT, el Quintín Lame, un sector de las autodefensas y, unos años más tarde, una disidencia del Eln: la Corriente de Renovación Socialista.

La trascendencia histórica de ese momento aún sigue vigente, pues constituyó el primer proceso de paz con un grupo guerrillero activo que concluyó exitosamente, no solo con el desarme de sus integrantes, sino con su posterior participación en la escena política del país. Prácticamente desde su nacimiento, ese pacto fue amenazado. Apenas mes y medio después de la firma, los paramilitares asesinaron al comandante del M-19 y candidato presidencial Carlos Pizarro. A pesar de un golpe tan brutal al esfuerzo de paz, los desmovilizados cumplieron su palabra y continuaron con su reintegro a la civilidad.

La amnistía y el indulto de los delitos permitieron a la cúpula del M-19 ser protagonista de primera línea en la transformación democrática más importante de los últimos años: la discusión y redacción de la Constitución de 1991. Los ex guerrilleros obtuvieron el 27 por ciento de los votos en la elección de los constituyentes, y su líder de entonces, Antonio Navarro Wolff, compartió la presidencia de la Asamblea Constituyente con dos figuras del bipartidismo tradicional: el liberal Horacio Serpa y el conservador Álvaro Gómez. Aunque el partido político nacido del proceso de entrega de armas tendría corta vida, un vocero suyo hoy en día encabeza un gobierno regional -Navarro Wolff en Nariño- y otro tiene a su cargo la candidatura presidencial de la izquierda democrática -el ex senador Gustavo Petro-.

A pesar del tiempo transcurrido, las lecciones y reflexiones surgidas en ese momento histórico mantienen su validez en la Colombia del 2010. La más importante es la ratificación de los acuerdos de paz como un camino, difícil pero exitoso, en la reducción de la violencia y en la reconciliación de los colombianos. No obstante que en los últimos años la negociación ha sido vista por amplios sectores de la población y de la dirigencia política como sinónimo de debilidad estatal, la paz con el M-19 y otros grupos no solo ha sido permanente, sino que condujo al desarme efectivo de cientos de guerrilleros.

Mirar con ojos de hoy los procesos de los años 90 ha despertado en algunos preguntas sobre la justicia o la reparación de las víctimas. Sin embargo, sería injusto y tendencioso aplicar instrumentos, contextos y debates contemporáneos a una realidad pasada. El éxito del acuerdo de paz es contundente: el M-19 como organización subversiva desapareció, sus miembros se reincorporaron a la sociedad y sus líderes han sido actores del debate político por 20 años.

Las heridas generadas por sus atrocidades -el holocausto del Palacio de Justicia, entre ellas- siguen abiertas en muchos corazones, como lo comprobó la publicación reciente del informe de la Comisión de la Verdad. Pero el camino de reconciliación que se abrió hace dos décadas entre los guerrilleros y la sociedad colombiana no se ha cerrado y ha permitido que los líderes del desaparecido movimiento gocen del respaldo electoral de regiones enteras.

El debate que tuvo lugar en 1990 sobre la pérdida del sentido histórico de la lucha armada y su imposibilidad de éxito está en mora de darse entre los cabecillas de las Farc y del Eln. Solo así ellos podrán comprender que la paz negociada es el mejor camino. Y la historia reciente así lo demuestra.

 
 
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