Las heridas generadas por sus atrocidades -el holocausto del Palacio de Justicia, entre ellas- siguen abiertas en muchos corazones, como lo comprobó la publicación reciente del informe de la Comisión de la Verdad. Pero el camino de reconciliación que se abrió hace dos décadas entre los guerrilleros y la sociedad colombiana no se ha cerrado y ha permitido que los líderes del desaparecido movimiento gocen del respaldo electoral de regiones enteras.
El debate que tuvo lugar en 1990 sobre la pérdida del sentido histórico de la lucha armada y su imposibilidad de éxito está en mora de darse entre los cabecillas de las Farc y del Eln. Solo así ellos podrán comprender que la paz negociada es el mejor camino. Y la historia reciente así lo demuestra.
El acuerdo de paz tuvo importantes repercusiones, tanto a nivel interno como internacional. Poco después de la desmovilización del M-19, siguieron el mismo camino el Epl, el Quintín Lame, el Prt y la Rrs. Pero, además, como han reconocido los dirigentes guerrilleros de El Salvador y Guatemala, el ejemplo del grupo colombiano incidió hondamente en los dos procesos de paz exitosos de Centroamérica (1992 y 1996).
Pero la euforia de esos acuerdos de paz tuvo también su lado oscuro. Ante todo, la inasistencia de las Farc y el Eln a esa fiesta democrática que significó la aprobación de la Constitución de 1991 y, por tanto, la persistencia de la violencia -cada día más degradada-, gracias al nacimiento de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc), hija natural de los excesos de la guerrilla.
¿Cómo sería hoy Colombia si las Farc y el Eln hubieran escuchado el clamor nacional de paz en 1990? ¿Cuánto dolor y sangre nos hubiéramos evitado?